Autobiografía

Nací el 14 de agosto de 1992 en Ciudad de México, pero mi vida comenzó realmente en Ecatepec: entre el bullicio, el comercio y el eco constante de una ciudad violenta.

Crecí en un hogar lleno de trabajo, movimiento y ruido. Había techo, comida y lo necesario, pero poco espacio para el silencio o la calma. Desde temprano aprendí que el afecto puede ser escaso incluso en los lugares donde hay amor.

Mi infancia fue una mezcla de aprendizaje y resistencia. No faltaban quienes, con o sin intención, parecían existir solo para recordarme que no debía estar ahí. A veces el entorno se vuelve un campo de pruebas, y uno aprende a sobrevivir antes que a vivir.

Fui un niño que observaba más de lo que hablaba, que prefería aprender por su cuenta y refugiarse en los libros o en los juegos que podía construir solo. De algún modo, eso me salvó. Aprendí a leer el mundo como si fuera un enigma: a mirar lo que otros pasaban por alto, a construir sentido donde parecía no haberlo.

En la escuela encontraba refugio. Ahí descubrí que existían otros ritmos, otras formas de vivir la vida. En casa, el tiempo pesaba. Pero en los patios, en los pasillos y en mis juegos, el tiempo se aligeraba.

Una noche, cuando tenía once años, algo se rompió. Un suceso inesperado nos obligó a dejar todo atrás: casa, amigos, barrio. Desde entonces supe que la estabilidad es un espejismo y que la vida puede cambiar en un instante.

Durante un tiempo habité el silencio. Pasé meses sin hablar con nadie, solo lo necesario, hasta que aparecieron tres personas que me recordaron el valor de la amistad y que aún en el caos una presencia amable lo puede cambiar todo. Desde entonces, empecé a reaparecer.

Crecí entre ausencias y reacomodos. Aprendí que las familias no siempre son el refugio que uno imagina, y que a veces hay que construirse una por dentro. Con el tiempo, el dolor se transformó en una forma de sensibilidad: una manera distinta de entender a los demás y de no repetir lo que me hirió.

Las vacaciones eran de trabajo absoluto. El verano olía a metal, a diésel, a tiempo lento. En esos días aprendí el peso del cansancio y el valor de la gente que trabaja con las manos. No lo amaba, pero me enseñó a respetar el esfuerzo.

La preparatoria fue mi respiro. Por fin podía moverme, pensar, probar. Me lancé a explorar todo: teatro, danza, jazz, dibujo, karate, música. Quería existir de todas las formas posibles.

Y entonces llegó la pregunta inevitable:
¿Qué voy a estudiar?

Entre muchas opciones, apareció un libro: La teoría del todo, de Stephen Hawking. No entendí mucho, pero algo se encendió en mí: el origen, el destino, el sentido del universo… y el mío.

Decidí estudiar Física.
Era mi forma de buscar respuestas a la pregunta que siempre me había perseguido:
¿Por qué carajos estamos aquí?

Entrar a la Facultad de Ciencias fue un sueño cumplido. Durante un tiempo sentí que todo encajaba. Pero el pasado no desaparece solo porque uno cambie de lugar. Tarde o temprano, la vida vuelve a exigir que rocajas lo que arrastras.

Tuve que elegir entre seguir en la carrera o salvar mi dignidad y estabilidad. Elegí sobrevivir.

Busqué independencia.
Trabajé donde pude, aprendí de todo. Pasé de la divulgación científica a la enseñanza, de los proyectos académicos a la vida práctica. La física me había enseñado a pensar; la vida me enseñó a resistir.

Conocí el mundo del trabajo, con sus ilusiones y sus trampas. Aprendí que la libertad cuesta, pero vale cada paso. Y que la ingenuidad se paga caro, pero también se puede convertir en sabiduría.

Un día decidí irme.
Busqué aire nuevo.
Me mudé, trabajé en lugares humildes, viví con poco. Y en cada etapa encontré algo: una lección, una amistad, una forma más simple de estar.

Durante la pandemia, terminé pedaleando en Washington, repartiendo comida bajo el sol y la lluvia. Aquella bicicleta fue mi maestra: me enseñó el ritmo del esfuerzo y la claridad que da el cansancio.

Luego regresé.
No a lo mismo, sino a una versión distinta de mí.

Trabajé en tecnología, desarrollando software y sistemas para empresas. Por fin pude sostener mi vida con mis propios medios. A veces de noche, a veces de día. A veces con sueño, pero nunca sin propósito.

Hace poco murió mi perro. Me acompañó una década entera. Lo despedí con gratitud y entendí que el amor también consiste en saber dejar ir.

Hoy escribo.
Escribo porque puedo, porque mi pasado ya no duele cuando lo recuerdo.
Escribo porque el silencio que me habitó tantos años ahora tiene palabras.

Y sobre todo, escribo porque aún no tengo las respuestas,
pero siento que camino hacia ellas.

Mi último trabajo responde una pregunta que no era mía,
pero se cruzó en mi camino.

Hoy estoy en paz, aunque sé que nada perdura.

Aún me queda vida para seguir preguntando,
seguir amando,
seguir existiendo.